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Me levanto de la cama para apagar algunas de las luces, estoy segura que no podré dormir con tanta luz. Saco del cajón el libro y lo acomodo en el librero, me cuesta un poco de trabajo, porque es mitad rojo y mitad azul, y entre esos colores hay una gama impresionante, lo pongo al final en el azul, me recuerda a su camisa. Enciendo solamente una lámpara para no quedarme en absoluta oscuridad y antes de acostarme echo una mirada a mí alrededor. Entre sombras encuentro el departamento más grande, más triste y aunque no quería hacerlo, me pongo nuevamente a pensar en él. Pienso que gran parte de la culpa la he tenido yo, que muchas cosas en la vida me las he ganado por fría, por sumisa, por no tener el suficiente carácter para enfrentar a nadie, por no poner un alto a mamá tantas veces que he querido hacerlo. Sé que debí haberle exigido hace mucho tiempo respeto, tanto para Roberto como para mí. He sido una pendeja muchas veces y ahora lo estoy pagando, sola igual que estaba hace un año, en este espacio mió, que no dejo de sentirlo un poco de mamá.

Conozco a mamá, estoy segura que cuando se entere estará feliz con la noticia, le encantará saber que Roberto y yo, ya no estamos juntos. Cuando me vea, pondrá cara de seria, de esas que pone en los velorios de sus amigos “bien”, fingirá que está triste por mí, al principio no dirá ni una palabra y esperará que me arme de valor para que le cuente la noticia, obviamente lo voy a hacer. Ella dirá que en el fondo era buen muchacho, pero que simplemente no era para mí. Con el tiempo, me dirá que merezco algo mejor, alguien como nosotros, alguien con quien jugar tenis los fines de semana, que le gusté ir a la casa de Valle y que no prefiriera quedarse en casa a ver la televisión.Inmediatamente hablará con sus amigas por teléfono, para darles la buena nueva “Mi hija ya dejó a ese empleadito”, ellas la felicitarán por su triunfo, por la buena campaña que hizo para alejarlo de mí y después me convocarán a uno a sus famosos desayunos del sábado para hablarme mal de él y proponerme que salga con alguno de sus hijos o sus sobrinos para curar mi pena, ellossi son como nosotros, dirá mamá al final.

Pero que saben ellas de penas, unas nacieron en cuna de plata como mamá y desde pequeñas sabían con quien tenían que compartir su vida, otras a base de prostituirse un poco han logrado subir peldaños y atrapar al hombre de su vida, así mismo lograr lo que las hace felices, coches, casas, viajes, joyas y demás cosas materiales, incluyendo las cirugías y las cuentas de las tarjetas de crédito. Me recuerdo hace un año cuando pensé que salirme de casa y mudarme a este departamento, significaría el principio de mi vida, cortar de tajo el cordón umbilical, empezar a trabajar y no depender de nadie, no tener que prostituirme ni conmigo misma, para lograr mis objetivos. Hoy no sé si lo he logrado, sobre todo en lo que se refiere a mamá, pues tengo que reportarme cada noche con ella para que no se preocupe demasiado. Tengo que aceptar muchas de sus invitaciones a comer o los fines de semana, para que no piense que he dejado de quererlos o para como dice ella “no hacerle una grosería a Carlitos.

Pagina treinta y cinto, final del capítulo, cierro el libro pero no quiero dejarlo en el librero, no pienso levantarme hasta mañana. No lo puedo dejar sobre el buró, desacomodado, lo pongo dentro del cajón de buró del lado derecho de la cama. Levanto la mirada y volteo hacia todos lados, las luces están encendidas como desde que él no está. Recorro lentamente cada espacio, todo en completo orden, salvo la mancha de vino de la alfombra, que no se ha podido limpiar con nada. Este lugar parece el mismo que antes de que él llegara a mi vida. No obstante falta la ropa tirada en el piso, el bote de basura lleno; El espacio donde van sus zapatos está desierto, todo en su sitio, hasta el horrible sillón rojo que mamá compró para según ella darle vida al departamento, sigue en su lugar, esperando a que llegue a aventar su ropa o en el mejor de los casos la mía sobre alguna de las molestas y frías coderas de acero inoxidable, que no dejan hacer el amor a gusto.

Me doy cuenta que mis últimos días han sido complicados, me la he pasado sentada, acostada, caminando de un lado a otro, acomodando cosas, doblando ropa, cambiando de lugar los cuadros, escuchando música, llorando, recordando. Ayer que llegue de trabajar, me dediqué una hora a acomodar los libros por color, la semana pasada estaban por fecha y la anterior por autor, además de leer, el orden es una manía que me ayuda a pasar el tiempo. Una manía que ni él me pudo quitar a pesar de su desorden. Anoche antes de dormir le marqué a Paula para pasar el rato, estuve escuchando por más de una hora sobre Germán su nuevo amor, aquel que seguro dejará por otro la semana que viene. Cuando me dio un momento para hablar, le conté que Roberto no había regresado, que me encontraba muy triste. Creo que nunca me puso atención cuando le comenté que se había ido hace ya algunos días. Sin embargo le dije que estaba preocupada, que no había recibido ninguna noticia de él y que desde la discusión con mamá se había llevado casi todas sus cosas, que pensaba que no lo volvería a ver.

Le conté que la otra noche, me desperté con su voz, que escuché claramente como abría la puerta, dejaba sus llaves sobre la mesa y arrojaba su chamarra sobre el sillón rojo. Le dije que lo imaginé vestido de azul, con el mismo ramo de rosas blancas que trajo el último día que lo vi, del cual solo quedan los tallos marchitos en un florero de recuerdos, que no he querido cambiar. Creo que a Paula tampoco le importó mi historia, pues retomó su conversación sobre Germán con quien según ella pasaría el resto de su vida. Que envidia, pensé enseguida, pero si a ella no le interesaban mis asuntos, era lógico que a mi no me interesaran los suyos, como de costumbre inventé un pretexto para terminar de hablar con ella pues su historia me hacía sentirme aún más sola y aunque siempre la he querido, no estaba dispuesta en ese momento a escuchar de nadie anécdotas felices. Colgué el teléfono y dormí intranquila toda la noche, por eso desperté esta mañana con un dolor de cabeza que me duró más allá del mediodía.

Siempre he leído por herencia, desde muy pequeña viví sumergida en un mundo de letras, principalmente por la influencia de mamá quien es una lectora asidua y una gran escritora. Desde que era muy niña, me llenó de cuentos maravillosos que ella misma escribía. Me los leía todas las noches una y otra vez antes de dormir. Con el tiempo, me enseñó a leerlos y a comprenderlos, a navegar página a página por esos mundos extraños, lejanos, llenos de aventura y de misterio que a veces ella misma inventaba Con el tiempo me inició en los grandes clásicos de la literatura, ahí fue donde conocí Ítaca, el lugar al que todos anhelamos llegar después de la Odisea de la vida; Las aventuras del Quijote de la Mancha, el Minotauro y Las mil y una noches. Pasados los años, por mi propio gusto me he inclinado por la novela contemporánea, en donde he encontrado historias cotidianas, de esas que ocurren en cualquier lugar del mundo, esas que nos pueden suceder a todos y que en ocasiones nos enseñan más a cerca de la vida, que la vida misma.

No obstante la costumbre que me dejó mamá, últimamente he pensado que leo más por costumbre que por gusto, empiezo a leer una novela, luego otra y veinte o treinta páginas bastan para darme cuenta que no estoy entendiendo nada o que el argumento no me interesa en lo más mínimo. Entonces me invento un final corto, uno que me llene a mi, sin importarme si le podría llenar al lector, cierro el libro y lo acomodo en el librero del olvido para siempre. Ahora doy vuelta en la página treinta y uno de este, creo saber que tendrá un final muy tonto, de esos que resultan adecuados, que dejan al lector común con una reflexión positiva, un final de película de Hollywood, para niñas pendejas, diría mi tía Jimena. No obstante sigo leyendo para pasar el rato, para dejar de pensar que estoy tirando mi dinero en cada estante que encuentro, pues me molesta voltear a ver mi librero y verlo lleno de cosas que nunca me interesó leer, algunos libros a los que ni siquiera les he quitado el plástico. Creo que leo para sentirme menos sola y creo que compro libros, para honrar a un autor, que ni siquiera conozco, es como si en el fondo honrara a mamá.

 
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